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“Que todos sean uno”

La unidad de los cristianos no es una idea bonita ni un ideal lejano o imposible de alcanzar, sino un deseo profundo del corazón de Jesús: “que todos sean uno” (Jn 17, 21.) Por eso, los cristianos estamos llamados a elegir la unidad cada día.

Cuando vivimos divididos, nos alejamos unos de otros y dejamos de ser testimonio del Evangelio ante el mundo. La unidad, entonces, no es una opción: es parte de nuestra misión.

Esta misión comienza en casa. La unidad de la Iglesia se aprende dentro del hogar; es allí donde aprendemos a amar, a escuchar y a comprender. Lo que sostiene a una familia y la mantiene unida no es la perfección de sus miembros, sino el amor que nos impulsa cada día a perdonar, a tener paciencia y a respetarnos, incluso cuando no estamos de acuerdo.

Ese amor que vivimos en nuestra familia es la base para ayudar a que la gran familia de Dios, que es la Iglesia, pueda reflejar y ser signo del amor de Dios en el mundo.

Preguntémonos: ¿somos constructores de unidad o división?  La unidad no siempre se pierde por grandes peleas; muchas veces se debilita con pequeños comentarios hecho sin amor y sin prudencia, o con acciones que pueden pasar desapercibidas, pero que revelan indiferencia y falta de caridad hacia el prójimo.

¿Cómo podemos vivir y fortalecer la unidad? A través de gestos sencillos y cotidianos, como: orar juntos por la unidad, evitar hablar mal de la Iglesia, dialogar sin atacar, recordar que el otro también es hijo de Dios y buscar siempre el bien común.

La unidad no se mantiene sola, necesita ser cuidada. Elijamos cada día amar, incluso cuando cuesta.  Solo así podremos responder al gran deseo de Jesús: ser un solo cuerpo, unidos por el AMOR.

Departamento de Familia