Así como los discípulos tuvieron su momento en el Monte Tabor, también nosotros tenemos nuestros propios momentos de Tabor. Son esos instantes en los que Dios se hace especialmente cercano, cuando el corazón se llena de una paz profunda, cuando sentimos su presencia de manera clara y consoladora.
No ocurren por casualidad. Dios los regala con un propósito: atraernos hacia Él, fortalecer nuestra fe y recordarnos que está a nuestro lado.
A veces suceden en una oración sencilla, en la Eucaristía, en el silencio, en medio de una dificultad que inesperadamente se ilumina, o en un momento de amor vivido en familia. Son instantes breves, pero dejan una huella profunda. En ellos, el alma descansa y comprende, sin palabras, que Dios está presente.
Estos momentos son un regalo, pero también son una preparación. Porque en la vida también existen días grises, días de cansancio, de dudas o de dificultades que parecen sobrepasarnos. Días en los que, como los discípulos al bajar del monte, debemos seguir caminando sin ver claramente.
Por eso, en esta Cuaresma, pidamos con fe esos instantes de cielo, porque serán la luz que nos ayudará a caminar con esperanza, sabiendo que, aunque a veces no lo veamos, Dios siempre está con nosotros.
Departamento de Familia