La confianza, al igual que el amor, no se ve, pero se siente. Es la que le da seguridad a nuestra relación con los demás. No se construye en un día, sino que es fruto de muchos momentos que quizá pasan desapercibidos.
No se requiere de grandes discursos, sino de hechos concretos que la fortalecen: como cuando escuchamos sin interrumpir o cuando cumplimos nuestras promesas. Pero también, si nos descuidamos, podemos perderla: con mentiras pequeñas que pueden parecer inofensivas; con burlas y comparaciones que, poco a poco, van destruyéndola.
Una de las más hermosas cualidades de una familia es, justamente, ser el lugar donde podemos sentirnos confiados y tranquilos; el lugar donde nos aman como somos, donde estamos seguros porque buscan nuestro bien, y donde podemos equivocarnos y, aun así, ser acogidos.
Puede ser que, sin darnos cuenta, la confianza en nuestro hogar se haya debilitado: entre padres, entre hermanos o entre los padres e hijos. Pero la buena noticia es que la confianza se puede reconstruir. Para ello, se requiere de humildad para reconocer errores, paciencia para sanar heridas y constancia para volver a empezar.
En medio de nuestras limitaciones humanas, hay una confianza que nunca se rompe: la confianza en la misericordia de Dios. Podemos fallar, equivocarnos e incluso herir su corazón, pero Dios no se cansa de esperarnos, de perdonarnos y de darnos siempre una nueva oportunidad.
La certeza de sabernos amados incondicionalmente por Dios, de comprender cuán grande es su misericordia, nos fortalece y nos muestra el camino para construir o reconstruir la confianza dentro de nuestras familias. Porque, en el fondo, la confianza solo puede sostenerse en el amor.
Departamento de Familia