Muchas veces creemos que amar bien significa hacerlo todo perfecto: no equivocarnos, tener paciencia siempre, decir las palabras correctas y cumplir con todo. Pero la realidad es otra… y también es más humana.
Las personas que más nos aman —nuestros hijos y nuestra familia— no necesitan versiones perfectas de nosotros. Necesitan nuestra presencia real: alguien que esté, que escuche, que acompañe, que mire con cariño, aunque esté cansado, aunque no tenga todas las respuestas.
La presencia construye confianza, seguridad y amor verdadero. Dice: “Estoy aquí contigo. Me importas. Eres valioso para mí.” La perfección, en cambio, puede volverse distancia: exigencia, presión, miedo a equivocarse.
Nuestras pequeñas acciones de cada día dejan huellas en el corazón de nuestros hijos: nuestros esfuerzos, que vencen cualquier estado de ánimo o cansancio; nuestras oraciones, que nos fortalecen y nos dan sabiduría para actuar; nuestro ejemplo de lucha diaria ante nuestras imperfecciones.
En este día, dejémonos abrazar especialmente por nuestra Madre del Cielo. Ella es nuestro modelo. Las celebramos a ustedes con alegría y gratitud. ¡Dios las bendiga siempre!
¡Feliz Día de la Madre!
Departamento de Familia