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Lunes de Familia

Perder para ganar

En la parábola del tesoro escondido, Jesús nos habla de un hombre que, al descubrir un tesoro en un campo, vende todo lo que tiene para comprarlo. No se trata simplemente de una buena inversión: el tesoro es tan valioso que todo lo demás pierde importancia. Ese tesoro es Dios mismo, el mayor bien que podemos encontrar. Por eso, lo que parece una gran pérdida —renunciar a todo— en realidad es una ganancia incomparable.

En nuestra vida familiar, también experimentamos pequeñas o grandes pérdidas: planes que no se cumplen, amistades que cambian, momentos difíciles o renuncias que cuestan. A primera vista, duelen y desconciertan. Pero a la luz de esta parábola, podemos descubrir algo más profundo: Dios permite esas situaciones no para quitarnos algo sin sentido, sino para conducirnos hacia Él, hacia lo que verdaderamente llena el corazón.

Por ejemplo, cuando una hija no consigue algo que deseaba, puede aprender a confiar más en Dios que en sus propios logros. Cuando una familia atraviesa una dificultad, puede fortalecerse en la fe, en la unidad y en la oración. Cuando renunciamos a comodidades o caprichos, abrimos espacio para valorar lo esencial, para amar más y para descubrir que la verdadera alegría no está en tener más, sino en vivir cerca de Dios.

Perder para ganar es, en el fondo, aprender a elegir el tesoro verdadero. Es entender que renunciar a cosas del mundo —a veces incluso buenas— es una ganancia, porque nos acerca a Dios. Y cuando lo encontramos a Él, lo hemos ganado todo. Como familia, estamos llamados a educar el corazón para reconocer ese tesoro y tener la valentía de soltar lo demás, con la certeza de que nada se compara con la alegría de vivir en Dios.

Departamento de Familia