Hay preguntas que pueden cambiar el rumbo de toda una vida. En el Evangelio según san Mateo, encontramos un momento íntimo y decisivo en el que Jesús camina con sus discípulos y les lanza un interrogante: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos comenzaron a enumerar lo que escuchaban en la calle: que si un profeta, que si Juan el Bautista, que si alguien admirable. Pero Jesús no buscaba una encuesta de opinión pública. Por eso, mirándolos directamente a los ojos, les hace la pregunta definitiva: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»
Esta misma escena se repite hoy en cada uno de nuestros hogares. Jesús no está buscando una respuesta teológica perfecta ni de memoria; nos está invitando a definir qué lugar ocupa Él en nuestras decisiones, en nuestras prioridades y en nuestra vida diaria.
Quizá nuestros hijos saben quién es Jesús porque lo escuchan en la clase de Religión, en las convivencias del colegio o en la misa dominical. Y eso está bien, pues tenemos al colegio como un gran aliado; sin embargo, la fe no se aprende únicamente en los libros de texto, sino que se contagia en casa cuando nos ven ser auténticos testigos de una fe viva y coherente.
Para nuestros hijos, la respuesta a la pregunta «¿Quién es Jesús para mis padres?» es un pilar en su vida de fe y rara vez estará en los discursos que les demos. Su respuesta la encontrarán en el «evangelio» que leen diariamente en nuestra forma de actuar.
Podemos encender la fe en nuestro hogar con pequeños pasos: por ejemplo, cuando les damos la bendición antes de salir de casa; cuando agradecemos por los alimentos que vamos a recibir; cuando rezamos y vamos a misa juntos, o cuando compartirnos lo que tenemos; también cuando decimos palabras amables y perdonamos rápidamente. Estas pequeñas acciones hacen sentir la presencia de Dios en nuestra familia. Así cuando nos pregunten quién es Jesús para nosotros, podremos decir que Dios es amor y ellos podrán reconocerlo.
Departamento de Familia