Pedro quiere proteger a Jesús de la cruz porque lo ama, pero su manera de amar todavía necesita ser purificada. Jesús, en cambio, ama a Pedro lo suficiente como para corregirlo. Vivimos en una época en la que a veces se confunde amor con evitar cualquier sufrimiento.
A veces los padres también tenemos que aprender a amar como Dios. Amar no es evitarles toda dificultad. No es quitarles todas las consecuencias. No es hacer que nunca sufran. No es darles siempre la razón. Es ayudarlos a descubrir qué necesitan cambiar para crecer. Porque los amamos, queremos que cambien. Y también nosotros necesitamos cambiar.
La corrección también puede ser una forma de amor. Jesús no evitó a Pedro la incomodidad de ser corregido. Un padre que nunca corrige puede estar evitando un conflicto hoy, pero dejando al hijo sin herramientas para mañana. El amor que nunca corrige puede ser cómodo, pero no siempre es un amor que hace crecer.
Los padres tienen una responsabilidad que va mucho más allá de hacer felices a sus hijos. Tienen que ayudarlos a formar su carácter. Por eso, un padre que ama no puede quedarse indiferente ante: una mentira; una falta de respeto; la irresponsabilidad; el egoísmo; la falta de esfuerzo; una mala contestación; o la incapacidad de pedir perdón.
Jesús le dice a Pedro algo muy fuerte, pero no convierte el error de Pedro en su identidad. Esto nos invita a revisar nuestro lenguaje con los hijos. No es lo mismo decir: “Eres desordenado” que: “Hoy dejaste todo desordenado.”
Pedro quiso proteger a Jesús de la cruz porque todavía no comprendía el camino de Dios. Jesús lo corrigió y Pedro siguió caminando detrás de Él.
Ese es el amor que educa: un amor que no abandona cuando corrige, que no humilla cuando exige y que no deja de creer en la persona cuando todavía está aprendiendo.
Porque al final, quizás eso es lo que Dios nos dice cada día: “Te amo así. Pero te amo demasiado como para dejarte igual.”
Departamento de Familia