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El anhelo de paz está arraigado en nuestro corazón, siendo sinónimo de felicidad; y el hombre, fue creado para alcanzarla. La conseguimos, cuando hacemos las cosas con recta intención; cuando nuestros comentarios no generan disgusto; cuando estamos convencidos de que las circunstancias por las que atravesamos, van a salir adelante, con la dedicación y el empeño que pongamos a nuestra labor, realizándola por amor a los demás.

La paz comienza en casa, cuando nos damos la mano, mirando las necesidades de nuestra familia; sacrificándonos por quienes integran nuestro hogar; quejándonos menos, y sirviendo mejor.

La paz implica hacernos cargo responsablemente, de lo que ocurre a nuestro alrededor, aportando de acuerdo a nuestras posibilidades. Nuestro trabajo bien hecho, será una gran contribución. El estudio de nuestros hijos y su dedicación por terminar bien sus tareas, son maneras de ayudar, para sembrar armonía. No llenarnos de odio, rencor o envidia, cargándonos de sentimientos que nos hacen daño, alterando nuestra mente y nuestro espíritu.

Recordemos siempre que Jesús, es el Príncipe de la paz, y María, Reina de la Paz. Un pueblo -como el nuestro- consagrado al Corazón de Jesús, puede sacar fuerzas para contrarrestar el mal sin violencia, evitando hacer justicia por nuestra propia cuenta.

Que los problemas que vivimos, sean voces de Dios, para que nuestras familias se fortalezcan, sobre todo en la oración, el arma principal que tiene todo cristiano, para conseguir que cesen acontecimientos, que muchas veces quitan la tranquilidad de una sociedad.

Saludos,  

Departamento de Familia