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Jesús nos dijo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga”.

No se trata de una cruz para colgarla en nuestro cuello, como un adorno. Se trata de la cruz de la vida. La cruz de cumplir nuestro deber; de poder sacrificarnos por los demás; la cruz -que la llevamos por amor- por el cónyuge, por nuestros hijos, por nuestra familia, por nuestros amigos; la cruz de nuestra disposición a ser generosos con los que no tienen; la cruz de comprometernos por la justicia y la paz.

Cuando asumimos estas actitudes, estas cruces, es cierto que perdemos algo. Pero no debemos olvidar que el que pierda su vida -por Cristo- la salvará. Es perder, para ganar. Y hay muchas personas, en todo el mundo, que ofrecen su tiempo, su trabajo, sus dolores, e incluso su propia vida, para no negar su fe al Señor.

Jesús, mediante el Espíritu Santo, nos dará la fortaleza para ir adelante en el camino de la fe, para hacer aquello en lo cual creemos; no decir una cosa y obrar otra. Y en este sendero siempre está cerca de nosotros nuestra Madre Santísima: dejemos que Ella nos tome de su mano, cuando pasamos los momentos más difíciles de nuestra vida.

“Muchas personas experimentan un vacío a su alrededor y dentro de sí; otras viven en la inquietud y en la inseguridad a causa de la precariedad y de los conflictos. Todos tenemos necesidad de respuestas adecuadas a nuestras interrogantes, a nuestras preguntas concretas. En Cristo, sólo en Él, es posible encontrar la paz verdadera y el cumplimiento de toda aspiración humana. Jesús conoce el corazón del hombre como ningún otro. Por esto lo puede sanar, dándole vida y consolación”. (Papa Francisco).

Saludos,

Departamento de Familia