Artículos

Oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad. Una meditación que contribuye a dar valor sobrenatural a nuestra pobre vida humana, nuestra vida diaria corriente. (Es Cristo que pasa, n. 119).

Me has escrito: ‘orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?’ ―¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!” (Camino 91).

“La oración” es la humildad del hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios, a quien se dirige y adora, de manera que todo lo espera de Él y nada de sí mismo. (Surco 259).

La oración es una charla afectuosa, una confidencia amorosamente atendida; es un diálogo lleno de amor -nunca monólogo- en el que Dios corresponde siempre… («Camino, Edición Crítico-Histórica», pág. 316).

La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios.

―¡Sí!, toda tu vida puede y debe ser oración. (Forja 439).

Hay un solo modo de crecer en la familiaridad y en la confianza con Dios: tratarle en la oración, hablar con Él, manifestarle -de corazón a corazón- nuestro afecto. (Amigos de Dios, n. 294).

El sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso. (Amigos de Dios, n. 295).

Asegura Santa Teresa que “quien no hace oración, no necesita demonio que le tiente, en tanto que, quien tiene tan sólo un cuarto de hora al día, necesariamente se salva” …, porque el diálogo con el Señor -amable, aun en los tiempos de aspereza o de sequedad del alma- nos descubre el auténtico relieve y la justa dimensión de la vida. (Forja 1003).

¿Que no sabes orar? ―Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!”, está seguro de que has empezado a hacerla. (Camino 90).

Al principio costará; hay que esforzarse en dirigirse al Señor, en agradecer su piedad paterna y concreta con nosotros. Poco a poco el amor de Dios se palpa -aunque no es cosa de sentimientos-, como un zarpazo en el alma. Es Cristo, que nos persigue amorosamente: he aquí que estoy a tu puerta, y llamo. ¿Cómo va tu vida de oración? ¿No sientes a veces, durante el día, deseos de charlar más despacio con Él? ¿No le dices: luego te lo contaré, ¿luego conversaré de esto contigo? (Es Cristo que pasa, n. 8).

¡Recogerse en oración, en meditación, es tan fácil…! Jesús no nos hace esperar, no impone antesalas: es Él quien aguarda.

Basta con que digas: ¡Señor, quiero hacer oración, quiero tratarte!, y ya estás en la presencia de Dios, hablando con Él.

Por si fuera poco, no te cercena el tiempo: lo deja a tu gusto. Y esto, no durante diez minutos o   un cuarto de hora. ¡No!, ¡horas, el día entero! Y Él es quien es: el Omnipotente, el Sapientísimo.   (Forja 539).

Saludos,

Departamento de Familia