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Cristo ha resucitado y en Él, hemos resucitado todos. En aquel trágico viernes de la Pasión, en que Jesús obedeció hasta la muerte y muerte de cruz, terminaba la vida terrena del Señor. Parecía el triunfo de la muerte, la victoria del mal. En cambio, en la hora del frío silencio del sepulcro, empezaba el pleno cumplimiento del designio salvador; comenzaba…, la nueva creación.

San Juan Pablo II nos decía: “Hombres y mujeres del tercer milenio, el don pascual de la luz es para todos; que ahuyente las tinieblas del miedo y de la tristeza; el don de la paz de Cristo resucitado es para todos; que rompa las cadenas de la violencia y del odio. Recibid hoy de nuevo a Dios, su fuerza y su gracia, que nos vierten de la cruz, del sufrimiento, de la muerte, y se han revelado en la resurrección del Hijo de Dios”.

Fuimos rescatados del pecado a gran precio. Jesús tuvo que padecer la pasión, muerte y luego resucitar. Fue Cristo mismo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien dio su vida por nosotros; de tal manera que nuestra vida tiene un valor enorme.

Estemos convencidos de que no habrá un solo momento de nuestra vida, en que no esté presente el gran regocijo de la Pascua. El verdadero cristiano, no puede vivir dejando a un lado la alegría.

Después de dos mil años, Cristo sigue vivo, y hoy -como lo hizo con los primeros cristianos- está presente en la Iglesia que somos todos, guiándola y animándola por su Espíritu, y lo estará hasta la victoria definitiva…, al final de los tiempos.

Saludos,

Departamento de Familia