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Traigamos a la mente a nuestra esposa –esposo- a cada instante. Que estén presentes en nuestra vida, siempre. Si no estamos juntos en ese momento, porque estamos trabajando o realizando otra actividad, que el pensamiento nos traslade al sitio donde se encuentren: en la casa, en la oficina, o en cualquier otro lugar.

Que todos los gratos momentos vividos con ella –o con él- permanezcan en nuestros corazones. Y los que no han sido tan gratos, que se olviden. Para eso está el perdón, que hace que todo conflicto familiar que haya ocurrido, no vuelva a recordarse.

Una foto; el mensaje  que nos llegó al celular; su timbre de voz, sus gestos, el abrazo fuerte y el beso recibidos hace poco, recuerdan lo importante que representa su vida para nosotros.

Y luego, cuando nos encontremos físicamente, uno frente al otro, que no falten esos momentos en que demostremos nuestro cariño. San Josemaría decía: “Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo”.

Saludos,  

Departamento de Familia