Hay momentos en la vida en los que Dios parece permitir que la tierra tiemble bajo nuestros pies. No porque quiera vernos caer, sino porque a veces necesitamos que algo se mueva para descubrir aquello sobre lo que verdaderamente estamos apoyados.
Mientras todo marcha bien, es fácil pensar que tenemos una fe fuerte, una familia unida y un corazón en paz. Pero cuando llega la dificultad —la enfermedad de alguien que amamos, la pérdida de un trabajo, la muerte de un ser querido, una crisis matrimonial o una decepción—, es entonces cuando todo parece tambalearse.
¿Alguna vez hemos sentido que nuestra vida se sacudió de repente, como si hubiera ocurrido un terremoto? ¿Hemos vivido situaciones que han hecho que nuestra vida no vuelva a ser igual? Muchas de ellas comienzan con una pequeña discusión que luego se repite cada vez con más frecuencia; con un silencio que, de unos minutos, pasa a durar días; o con el cansancio de un día que, al acumularse, nos aleja de quienes tanto amamos.
Cuando la vida nos sacude, aparecen preguntas importantes: ¿Sobre qué estamos construyendo nuestra vida y nuestra familia? ¿Qué tan firmes son nuestros cimientos?
Por eso, cuando la vida nos sacuda, no miremos solamente lo que se está cayendo. Miremos también aquello que permanece. Tal vez ese momento difícil sea una invitación a volver a Dios, a acercarnos a nuestra familia, a perdonar, a pedir ayuda y a reconstruir sobre bases más firmes.
No podemos evitar todos los terremotos de la vida, pero sí podemos decidir dónde poner nuestros cimientos. Y cuando Dios es nuestro cimiento, incluso después del temblor, podemos volver a levantarnos.
Departamento de Familia