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Sí, el Señor nos habla despacito, casi susurrándonos…, pero nos habla. Siempre nos tiene en su pensamiento; quiere que todos nos salvemos…, quiere vernos en el Cielo. Podemos leer lo que ha dicho, en la Sagrada Escritura, pero también lo escuchamos, en el silencio de la Oración, o en la tranquilidad de un momento que Él nos busca, para transmitirnos lo que nos conviene hacer. Siempre respetando nuestra libertad.

Va elaborando frases, que nos lleguen al corazón. Una y otra vez. No se cansa, no se disgusta si no le hacemos caso. No se arrepiente de habernos dado oportunidades. No se rinde. Pero no quiere imponernos su voluntad. Quiere que la aceptemos, si nosotros estamos de acuerdo… Por eso nos habla despacito…, al interior de nuestro ser.

Nos corresponde entonces, escucharlo. Y no podemos hacerlo bien, con el ruido que no permite que nos concentremos; con las diferentes circunstancias que nos distraen a cada momento. Es preciso entonces, buscar un lugar para hablar con Él y…, escucharlo. En una iglesia; en nuestra oficina, cuando no estamos atareados; en el silencio de una playa o de un paisaje…; en nuestra propia casa, cuando nos hemos despertado antes que el resto de la familia, y con un libro –o sin él- a nuestro lado.

Dios nos habla. Como sólo a Él le gusta hacerlo…, despacito…, directo al corazón. Escuchémoslo. Hoy mismo. Tenga fe y recuerde: Él no le habla al oído, sino directamente a su alma, y nuestro principal audífono debe ser…, el silencio. A callar…, y a escuchar.

Saludos,

Departamento de Familia