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Una oración muy pequeña: “Dulce Madre, no te alejes; tu vista de mí no apartes; ven conmigo a todas partes, y sólo nunca me dejes”. Está dirigida a la Virgen. Récela cuando pase por dificultades, o cuando quiera darle un piropo.

Esta frase, expresada oral o mentalmente, logra que nuestra Madre nos acompañe al instante, sin ninguna demora. No la veremos, pero sentiremos su presencia muy cerca de nosotros.

Y si acaso se olvida de esta pequeña oración, simplemente dígale: “Madre”: cinco letras. Y aunque sea diciéndole una sola palabra, Ella estará, con una sonrisa, o con un rostro afligido, junto a usted; siendo su consuelo, su auxilio, la causa de su alegría.

María, la del dulce nombre, quiere que la busquemos, a lo largo del día. Tenga una imagen de Ella en su cartera, o billetera, o en su mesa de trabajo. Y mírela con frecuencia: cuando sienta cansancio; cuando se encuentre desanimado, o cuando esté feliz.

Tenga mucha fe en la Virgen María. Acuda a Ella… Entregue a su familia…, en sus brazos.

Saludos,

Departamento de Familia