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Es el mejor predicador. Se pueden pasar horas de horas dando consejos, sugiriendo comportamientos, hablando de criterios a seguir,… pero si no están cimentados sobre el buen ejemplo, de poco servirán para quienes los escuchen.

Para un hijo y una hija adolescentes, nada es más coherente que ver a sus padres llevar una vida compatible con los ideales forjados sobre la lealtad y la responsabilidad en los actos que realizan.

Cuando hay poca exigencia; cuando se dejan pasar comportamientos en los que la sobriedad queda por los suelos; cuando todo lo que piden los hijos, se les otorga sin restricciones,… la cosecha no será buena.

¿Qué ejemplo les damos, cuando trabajamos con esfuerzo, y compartimos con ellos los momentos libres que tenemos? ¿Qué ejemplo les damos, cuando nos oyen tratar a una persona? ¿Qué ejemplo les damos, cuando hay que aplicar la virtud de la templanza, en una fiesta o reunión? ¿Qué ejemplo les damos, cuando hay que rezar, ir a Misa, o practicar los Sacramentos?

Vivir sin dar buen ejemplo es como caminar sin piernas; como aplaudir sin manos; como guiar a una persona por un camino, cuando nos faltan los ojos.

Pensemos… ¿Les estamos dando a nuestros hijos ese ejemplo que necesitan para volar alto, y alcanzar la cumbre de su formación personal?

Nuestros hijos están esperando siempre un modelo a seguir. Preguntémonos: ¿ese modelo,… somos nosotros?

Saludos,

Departamento de Familia