Jesús toma el pan, lo bendice… y lo parte. No lo guarda, lo entrega. Y así, alcanza para todos.
En la vida familiar pasa algo muy parecido. Amar no es solo sentir, es darnos. Y ser padres es, muchas veces, “partirnos” en lo cotidiano: en el tiempo que regalamos, en la paciencia que volvemos a intentar, en la escucha cuando ya estamos cansados.
Tal vez también nos reconocemos en esto: sabemos que amamos a nuestra familia, pero no siempre logramos que ese amor se note. Y es que el amor, cuando se queda solo dentro, no alcanza a tocar el corazón del otro. Es como una semilla guardada: tiene vida, pero no crece ni da fruto. El amor necesita salir de nosotros, hacerse visible en gestos, en palabras, en tiempo compartido. Solo así llega, sostiene y verdaderamente alimenta.
A veces sentimos que no nos alcanza: el tiempo, la energía, la paciencia… Pero el Evangelio nos recuerda que no se trata de tener mucho, sino de dar lo poco con amor. Y cuando ese amor se entrega, Dios lo multiplica.
Hoy puede ser un buen momento para preguntarnos con sencillez:
¿nuestro amor se está notando en casa?
Porque al final, en la familia, el amor que no se parte… no alimenta.
Departamento de Familia