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El desierto también forma parte del camino

Antes de empezar la misión que su Padre le había encomendado, Jesús se bautizó y se retiró al desierto 40 días.  Allí experimentó cansancio, hambre y también la tentación.

El Papa Francisco explicaba: “Satanás quiere desviar a Jesús del camino de la obediencia y de la humillación –porque sabe que así, por este camino, el mal será derrotado– y llevarlo por el falso atajo del éxito y de la gloria. Pero las flechas venenosas del diablo son todas “paradas” por Jesús con el escudo de la Palabra de Dios que expresa la voluntad del Padre. Jesús no dice ninguna palabra propia: responde solamente con la Palabra de Dios. Y así el Hijo, lleno de la fuerza del Espíritu Santo, sale victorioso del desierto”

Nosotros también experimentamos estas luchas. Las tentaciones buscan siempre alejarnos del verdadero bien. Son pruebas que se nos presentan como algo aparentemente bueno y que con frecuencia nos distraen, llevándonos por un camino que nos resulta más cómodo o más agradable.

Jesús nos enseña que la verdadera fuerza no está en uno mismo, sino en permanecer unidos al Padre. Así nos muestra que siempre es posible permanecer firmes, no porque seamos fuertes, sino porque Dios sostiene a quien se apoya en Él.

Las tentaciones forman parte del camino humano. No podemos impedir que lleguen, pero sí podemos elegir no caminar con ellas. Jesús nos enseña tres armas espirituales para vencer la tentación:  La oración, que nos acerca más a Dios y nos hace caminar en su presencia; el ayuno, que nos fortalece interiormente, ordenando el corazón y haciéndonos más libres; y la Palabra de Dios, que nos da claridad y nos recuerda quienes somos y que Dios nunca nos abandona.

No tengamos miedo a nuestros propios desiertos, pues si permanecemos con Dios en la prueba, saldremos fortalecidos.

Departamento de Familia