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Santificar el trabajo exige respetar el orden de la naturaleza de las cosas creadas, la autonomía legítima de lo temporal, porque –lejos de todo atisbo teocrático– el reino de Dios es una realidad en el corazón de los cristianos, que vivifican el alma de la sociedad entera –sin dogmas ni carriles de dirección única–, cuando pugnan porque Cristo reine en el centro de su vida ordinaria. El Fundador del Opus Dei esclareció muchas veces aquella luz que Dios le hizo ver en los primeros tiempos de la Obra:

“Cuando un día, en la quietud de una iglesia madrileña, yo me sentía ¡nada! –no poca cosa, poca cosa hubiera sido aún algo–, pensaba: ¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? Y alzaba la Sagrada Hostia, sin distracción, a lo divino… Y allá, en el fondo del alma, entendí con un sentido nuevo, pleno, aquellas palabras de la Escritura: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (loann., XII, 32). Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño…, entonces, omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!”

El propio Fundador explicó esta idea central en infinidad de ocasiones con palabras precisas y atrayentes. He aquí algunas, entresacadas de varias de sus respuestas a diversos periodistas, que fueron publicadas en un libro con el título conocido de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

“El Señor suscitó el Opus Dei en 1928 para ayudar a recordar a los cristianos que, como cuenta el libro del Génesis, Dios creó al hombre para trabajar. Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación.

El espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima –olvidada durante siglos por muchos cristianos– de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. En el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia.
Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt., V, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas”. Libros. Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. El ejemplo de Jesús en Nazareth.

Saludos,

Departamento de Familia