Artículos

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Y las ha hecho sin haberse propuesto escribir ningún tratado sobre el tema, sin crear una escuela pedagógica, sin marcar un estilo pedagógico propio del Opus Dei. No han sido aportaciones de orden técnico o metodológico, sino que se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla. De ahí que posean un valor permanente frente a los avances científicos o técnicos, y que se expresen en valores que no son propios de una época, ni de un lugar, y que por tanto también manifiestan una enorme diversidad según las personas y las instituciones educativas en las que se presenta.

Por eso, la influencia del espíritu del Opus Dei en una institución educativa es parecida a la influencia de ese mismo espíritu en una persona singular. Entre varias personas del Opus Dei habrá algunas cosas comunes, pero no puede decirse que haya un carácter, un estilo propio de las personas del Opus Dei, pues quien las conoce de cerca sabe que son bastante diferentes.

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a éste, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos, que son como un sello que se capta en muchos detalles que, uno a uno, quizá son poco perceptibles. Es un modo de entender la vida, una consideración atenta y fraterna de las personas, una escala de valores orientadora, una impronta eminentemente espiritual. Son valores y rasgos sencillos, ninguno de ellos poseído en exclusividad, pero que en conjunto apuntan hacia un espíritu que alienta todo lo que allí se hace.

Y dentro de esos rasgos característicos, el que quizá define mejor la influencia del espíritu del Opus Dei es y ha de ser la búsqueda de la unidad de vida. Es una expresión acuñada por San Josemaría, y que se refiere, por decirlo de una manera sencilla, a la adecuación entre lo que se piensa, se dice, se hace, y lo que se debe ser y hacer. Hay que tener en cuenta que el espíritu que anima a cada uno, el ejemplo de la propia conducta personal, el esmero que se pone en su trabajo, todo eso influye enormemente en la educación. Educar no debe entenderse como una cuestión unilateral ni exclusiva, sino que es una tarea de todos los que de alguna manera participan de la vida del centro educativo, pues todos contribuyen a educar y todos resultan beneficiados. Y muchas veces, lo sabemos bien, las grandes lecciones que recibimos nosotros, tanto los padres como los profesores, solemos aprenderlas de los chicos: de los hijos y de los alumnos.

Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, porque siempre habrá una distancia entre lo que deberíamos ser y lo que realmente logramos llegar a ser, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás, que da a la vida un sentido de misión, una aspiración a la santidad en esa tarea diaria.

San Josemaría subrayó también diversos rasgos característicos que han de presidir cualquier labor educativa. Insistió en su aprecio por la sinceridad, la lealtad y la confianza. Puso el acento en la atención personalizada, en el trato de amistad con los alumnos y con los padres, y entre los profesores, de modo que hubiera una gran consideración hacia las personas y nadie pudiera sentirse sofocado en una masa. El amor al trabajo bien hecho, cuidando los detalles, fue otro aspecto central de su insistencia. Igual que el sentido de servicio y la preocupación social, cuestiones decisivas para que el espíritu cristiano cale verdaderamente en las personas.

El espíritu de libertad ha de ser también otro rasgo característico en una actividad educativa alentada por el espíritu del Opus Dei. Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad. Y San Josemaría lo aplicaba también a la educación en la fe.

Hablaba también de que la identidad cristiana de un centro de enseñanza debía ser algo profundo, constitutivo. No es meter en la vida del colegio unos añadidos, unos suplementos de tipo espiritual o doctrinal, porque eso sería algo postizo. La unidad de vida exige que esa inspiración cristiana se manifieste en todo, y no solamente en las enseñanzas académicas, sino en todos los valores que inspiran la vida diaria del centro, en todas las personas que allí trabajan. Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida, sencilla y fuerte, que predicó incansablemente durante toda su vida.

Artículo escrito por Alfonso Aguiló, Director del Colegio Tajamar, con motivo del 50 aniversario (1958/2008).

Saludos,

Departamento de Familia