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Por aquellos años cursaba la licenciatura de Derecho. En el curso de Derecho Penal coincidí con otro compañero, que tiempo más tarde me enteraría que era del Opus Dei. Me di cuenta de que también, con gran personalidad y sin temor a las reacciones del profesor, cuando llegó la oportunidad de tratar el tema, expresó la misma doctrina que yo ya había oído al fundador del Opus Dei con respecto a la vida del concebido. Me quedó muy grabado el momento en que salió el tema del aborto. En aquel momento, San Josemaría, con gran firmeza y -lo que me sorprendió más, con gran valentía- decía que se trataba de un gran crimen, de un verdadero homicidio, un infanticidio especialmente agravado.

Fundamentalmente, en esos tiempos se sostenían cosas como que el feto era parte del cuerpo de la madre; que como tal ella tenía derecho a disponer de él en ejercicio de su legítima libertad; y que -si acaso- lo que protegían las leyes contra el aborto era la mera «esperanza de vida».

Este tipo de razonamiento fue simultáneamente ratificado por el lamentable fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos «Roe Vs. Wade», que permitió el aborto libre a pedido de la madre y -en algunos casos- pagado por el propio Estado, a partir de 1973. Esta lamentable jurisprudencia se fue extendiendo como reguero de pólvora en los países del llamado «primer mundo».

El contraste era evidente. Por un lado, San Josemaría un año antes ya pronunciándose claramente a favor de la vida y por otro mis profesores, libros, medios, compañeros, y el país más poderoso del mundo, totalmente en contra.

La sensación que tuve las primeras veces era de «predicar en el desierto», pero también empecé a recibir comentarios en privado de personas que se me acercaban para manifestar que estaban de acuerdo. Me di cuenta de que había gente muy valiosa, de peso, y también gente sencilla con gran sentido común, que no se animaban a hablar para no quedar como anticuados, pendientes del qué dirán, y en algunos casos por dudas que se les planteaban y que no se animaban a preguntar. Era comprensible: si todo el entorno -académico, mediático y político- opinaba de forma aparentemente monolítica, es lógico que mucha gente dudase de si realmente estaba pensando bien.

En 1978 asumió el Papa Juan Pablo II, que confirmó radicalmente en múltiples intervenciones -orales y escritas- lo que había sido doctrina tradicional de la Iglesia Católica: la vida humana del concebido debe ser respetada. Aun hoy, casi un cuarto de siglo después continúa haciéndolo siempre que tiene oportunidad y denuncia lo que en su conjunto ha denominado «la cultura de la muerte».

Cada vez que pienso que por haber visto y oído al fundador del Opus Dei aquella vez hace treinta años, tomé la decisión de estudiar un tema para defender la verdad, le agradezco muchas cosas: la posibilidad de haber concretado mi vocación profesional; la ocasión de conocer gente estupenda con quienes -a pesar de pensar distinto- pude entablar una genuina amistad; la lección de seriedad y humildad que me dieron los colegas que cambiaron su posición pública o privada pro abortista.

Desde luego, en estas “batallas”, San Josemaría es mi intercesor obligado. Pedro Montano, Profesor de Derecho Penal, Universidad de la República // Libro «San Josemaría y los uruguayos», año 2002.

Saludos,

Departamento de Familia