En medio del ruido de la vida diaria —las tareas, el trabajo, las carreras de un lado a otro— San Josemaría Escrivá nos recuerda una verdad que transforma el corazón: Dios nos espera en lo ordinario.
Su amor profundo a la Virgen María marcó toda su vida. La trataba como a una Madre cercana, a quien acudía con confianza en lo pequeño y en lo grande. En nuestras familias, esto puede traducirse en gestos sencillos: rezar un Avemaría al salir de casa, enseñar a nuestros hijos a confiar en María cuando algo les cuesta.
Su amor a la Eucaristía era el centro de su día. Sabía que allí estaba Jesús vivo, esperándonos. ¿Qué pasaría si, como familia, le diéramos un lugar más importante? Tal vez una visita corta al Santísimo en la semana, o vivir la Misa dominical con más preparación y cariño. La Eucaristía no es un hábito más: es el encuentro que da sentido a todo.
No hace falta hacer cosas extraordinarias, sino hacer extraordinario lo de cada día.
Una madre que cuida con paciencia, un padre que trabaja con rectitud, unos hijos que ayudan en casa sin quejarse… ahí, en lo pequeño, se construye la santidad.
Que en nuestras familias aprendamos a descubrir a Dios en lo sencillo, a amar más a María y a Jesús Eucaristía, y a convertir cada día —con sus alegrías y dificultades— en un camino seguro hacia la santidad.
Departamento de Familia