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… Y se llena un frasco;… y se llena un vaso;… y se llena una botella. Y las botellas, como pasa con todas las cosas en la vida, hay que saber usarlas.

Le calman la sed, tienen medicamentos, algunas contienen perfumes, condimentos, líquidos para la limpieza,… en fin.

Hay también botellas, cuyo contenido, en manos de adultos, sirven para una celebración, o para acompañar una reunión amena. Pero que en otras manos, las de adolescentes, sirven para perder el conocimiento; en algunas ocasiones para intoxicarse; en otras para que ocurran situaciones inesperadas, y con alguna frecuencia, son las llaves para abrir la puerta del consumo de otras sustancias, que ya no están en una botella.

Y es que está comprobado, por muchos estudios e investigaciones, que el adolescente bebe para embriagarse, para experimentar como se siente a medida que ingiere más licor, sin medir las consecuencias que ocasiona el tomar sin parar.

Vaso tras vaso, botella tras botella, diferentes licores y diferentes mezclas se ingieren en reuniones y fiestas. Y en ciertas ocasiones, los hijos –y las hijas- son llevados a su casa o a la clínica, luego de esas reuniones, inconscientes, con una gran cantidad de alcohol en su organismo.

Hay varias preguntas: ¿Por qué los dejamos beber? ¿Es qué no se puede pasar bien una reunión sin alcohol? ¿Cuál es el temor que tienen los padres de advertir a sus hijas e hijos que no deben consumir licor? ¿Les damos ejemplos con nuestra conducta? ¿Por qué lo permiten, si por el daño que causa al organismo, el Ministerio de Salud prohíbe la ingesta de alcohol a menores de 18 años, como lo dice en la etiqueta de la botella?

Gota a gota nos curamos, con las botellas que contienen remedios; pero gota a gota se deterioran chicos y chicas adolescentes, los fines de semana, con licores y mezclas.

Al final de nuestras vidas nos tomarán la lección: ¿Hablamos de estos temas con nuestros hijos?… ¿Cuál será nuestra respuesta?

Saludos,

Departamento de Familia