Hacia Belén

El Evangelio nos dice que en aquellos días salió un decreto del emperador César Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Nos dice también que José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. 

Comenzaron a realizar los preparativos, y tanto María como José arreglaron las provisiones que deberían llevar. También pensaron que el parto le podría llegar en cualquier instante, y acomodaron todo lo necesario para ese momento. 

En el camino, María lucía fatigada, y José, preocupado. ¿Carreteras? No existían. Quizá algunos senderos por los que se dirigirían, acompañados por alguna caravana de personas que se trasladaban hacia el pueblo del cual era nativo José. 

Momentos de intranquilidad, pero también de ilusión. Sabían que nacería Jesús, quien sería el Salvador del género humano. Por eso eran más los ratos de paz, que los de impaciencia. 

Y llegaron a Belén. Ahora, a encontrar un lugar donde pudiera descansar María, quien ya sentía los dolores próximos al parto. José, angustiado, tocaba todas las puertas, pero no había lugar para ellos. Las habitaciones estaban ocupadas, y las casas convertidas en alojamientos, repletas. 

Les acomodaron un pesebre, o acondicionaron una cueva donde pudiera nacer el Niño. Y al poco tiempo, vino al mundo el Mesías profetizado en el Antiguo Testamento: Cristo, el Rey de la humanidad. Los acompañaron unos pastores, quienes no podían contener su inmensa alegría, pues habían escuchado al ángel decir que el Redentor esperado hace siglos, ya nació. 

María contemplaba al Niño, y José a los dos: a Jesús, y a su Madre. La preocupación se había transformado en un incontenible júbilo, que fue aumentando al sentir el ambiente que se vivía en torno a la improvisada cuna del recién nacido. 

El Verbo de Dios se había convertido en hombre. La promesa estaba cumplida. Luego llegarían, después de algunos días, los Reyes Magos con sus obsequios, adorando al Rey de los cielos y de la tierra. 

Y aquí estamos nosotros, contemplando la escena, en el Nacimiento de nuestra casa. Las imágenes que representan a los momentos que se vivieron hace más de dos mil años, cobran vida. ¿Cómo nos estamos preparando para la Navidad? ¿Qué regalo le llevaremos al Niño Dios? ¿Nos estamos disponiendo espiritualmente para acompañarlo en la Misa que conmemora su llegada a este mundo? Nos queda una semana. Que esta espera nos encuentre decididos a cambiar, para que nos acerquemos con absoluta confianza a Jesús, a María y a José.

Saludos,                                                                                  

Departamento de Familia