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Juan Pablo II. Todo un apóstol, que pensaba en las necesidades de los más pobres y vulnerables. En el no nacido, en los enfermos, en los desahuciados, en los ancianos. Era uno de los pocos líderes mundiales que dijo con valentía, que “ante la norma moral que prohíbe la eliminación directa de un ser humano inocente, no hay privilegios ni excepciones para nadie”. Su oposición a cualquier forma de racismo y eugenesia -incluido el cromosómico, que tiende a eliminar a los seres humanos con síndrome de Down- era siempre frontal.

Su vida fue una lucha permanente contra lo que llamó la “conjura contra la vida”, que veía en el desprecio al ser humano, una “guerra de los poderosos contra los débiles”.

Fue un hombre que no sólo intentó amar a Dios sobre todas las cosas, sino que captó con toda intensidad la imagen del Señor en la criatura humana. De ahí que no dejara nunca de condenar las grandes injusticias del tiempo que vivió: los genocidios y los crímenes contra la humanidad; la tortura y la pobreza; las agresiones contra las libertades cívicas; los derechos políticos o los económicos; los ataques contra el derecho a la vida o la discriminación de las minorías, incluidas las religiosas.

El Time Magazine tuvo el acierto en declararlo: el “hombre del año”, porque él proclamó con una gran rectitud la doctrina del bien, exhortando al mundo a seguirla.

Contra el relativismo, Juan Pablo II decía que en esta materia no podemos dejarnos atemorizar por el chantaje que nos quiere llevar a la duda. Estamos ante un mundo que debe entender que el hombre es algo más que un conjunto de células y órganos, y que no puede ser manipulado, torturado o eliminado.

Saludos,

Departamento de Familia