Cuando te encuentres más de cerca con la Cruz, no te asustes, no te canses, es un mimo del Señor. ¿No te das cuenta de que en lo humano ocurre lo mismo?: cuando dos personas se quieren, las alegrías y los sufrimientos de uno son alegrías y sufrimientos del otro. Por eso, cuando llevas la Cruz con garbo, ten la seguridad de encontrar a Jesús y, con Jesús, María en el camino que el Señor te marca. (Memoria del Beato Josemaría, 216, 2).

«Servite Domino in lætitia!» -¡Serviré a Dios con alegría! Una alegría que será consecuencia de mi Fe, de mi Esperanza y de mi Amor…, que ha de durar siempre, porque, como nos asegura el Apóstol, «Dominus prope est!»… -el Señor me sigue de cerca. Caminaré con Él, por tanto, bien seguro, ya que el Señor es mi Padre…, y con su ayuda cumpliré su amable Voluntad aunque me cueste. (Surco, 53).

Déjame que, como hasta ahora, te siga hablando en confidencia: me basta tener delante de mí un Crucifijo, para no atreverme a hablar de mis sufrimientos… Y no me importa añadir que he sufrido mucho, siempre con alegría. (Surco, 238).

Algunas veces -me lo has oído comentar con frecuencia- se habla del amor como si fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para completar de modo egoísta la propia personalidad. -Y siempre te he dicho que no es así: el amor verdadero exige salir de sí mismo, entregarse. El auténtico amor trae consigo la alegría: una alegría que tiene sus raíces en forma de Cruz. (Forja, 28).

¡Sacrificio, sacrificio! -Es verdad que seguir a Jesucristo -lo ha dicho Él- es llevar la Cruz. Pero no me gusta oír a las almas que aman al Señor hablar tanto de cruces y de renuncias: porque, cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso -aunque cueste- y la cruz es la Santa Cruz. -El alma que sabe amar y entregarse así, se colma de alegría y de paz. Entonces, ¿por qué insistir en «sacrificio», como buscando consuelo, si la Cruz de Cristo -que es tu vida- te hace feliz? (Surco, 249).

La alegría, el optimismo sobrenatural y humano, son compatibles con el cansancio físico, con el dolor, con las lágrimas -porque tenemos corazón-, con las dificultades en nuestra vida interior o en la tarea apostólica. Él, «perfectus Deus, perfectus Homo» -perfecto Dios y perfecto Hombre-, que tenía toda la felicidad del Cielo, quiso experimentar la fatiga y el cansancio, el llanto y el dolor…, para que entendamos que ser sobrenaturales supone ser muy humanos. (Forja, 290).

¡Anímate!…, también cuando el caminar se hace duro. ¿No te da alegría que la fidelidad a tus compromisos de cristiano dependa en buena parte de ti?

Llénate de gozo, y renueva libremente tu decisión: Señor, yo también quiero, ¡cuenta con mi poquedad! (Forja, 361).

La Cruz no es la pena, ni el disgusto, ni la amargura… Es el madero santo donde triunfa Jesucristo…, y donde triunfamos nosotros, cuando recibimos con alegría y generosamente lo que Él nos envía. (Forja, 788).

Señor, que no esté triste, que me ate siempre a tu Santa Cruz, que quiera corredimir contigo. Dame tu alegría, también en esos momentos de dolor, para saber cumplir la Voluntad del Padre”. (Memoria del Beato Josemaría, p. 113).

Está seguro de que eres hombre de Dios si llevas con alegría y silencio la injusticia. (Camino, 672).

No estás solo. -Lleva con alegría la tribulación. -No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. -Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? -No estás solo: María está junto a ti. (Camino, 900).

Saludos,

Departamento de Familia