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La devoción mariana es una de las notas sobresalientes de la personalidad de San Josemaría, uno de los rasgos que lo definían en lo espiritual. Él nunca quiso ponerse de modelo en nada, porque -decía- el único modelo es Cristo; no dudó, en cambio, en afirmar que si en algo deseaba que le imitasen sus hijos era en el amor a la Virgen.

El análisis de la relación entre devoción mariana y unidad de vida excluye claramente que la primera pueda considerarse el substrato ontológico de la segunda. Tampoco parece que pueda decirse que la piedad mariana sea la substancia de la unidad de vida, ni su perfección teologal. En cambio, algunos elementos hacen pensar que la Virgen, según la devoción mariana de San Josemaría, puede ser considerada modelo y principio de unidad de vida, de manera análoga -por participación- a como Cristo es centro de la existencia y modelo del vivir, con las debidas diferencias que se pueden señalar oportunamente.

Los textos escritos del Fundador del Opus Dei y los testimonios sobre él concuerdan en que su devoción mariana era fuerte, intensa y constante, caracterizada por expresarse en un trato filial y confiado, íntimo y muy personal. A la vez coinciden en que su devoción a la Virgen aparece encuadrada en el conjunto de sus demás devociones, armónicamente engarzada con ellas: no constituye un coto independiente del resto de su piedad, ni ocupa el primer lugar, que queda reservado a la Trinidad Beatísima y a la Humanidad santísima de Cristo. “Puedo afirmar que sus principales devociones fueron: la Santísima Trinidad -Dios Uno y Trino, además de las Tres Personas divinas a las que trataba singularmente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-; Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo su presencia en la Eucaristía, su Pasión y sus años de vida oculta; la Santísima Virgen; San José; los santos ángeles y Arcángeles; los Santos y, en particular, los doce Apóstoles, los Santos que escogió como intercesores de algunos aspectos del apostolado de la Obra (..), otros santos, como San Antonio Abad, Santa Teresa de Jesús, etc., y los primeros cristianos”.

Buscaba constantemente a Santa María en su trabajo, en su oración, en su acción apostólica. «En 1970, escribe el actual Prelado del Opus Dei, mientras hacíamos una novena en la Villa de Guadalupe en México, nos dijo que recordaba con perfecta claridad la primera vez que acudió a la Virgen teniendo conciencia de que rezaba y se dirigía a Ella. Lleno de piedad filial, nos invitó a cada uno a hacer lo mismo: evocar ese primer encuentro, para pedir a nuestra Madre, con aquella inocencia y seguridad, por lo que llevábamos en el alma y en el corazón, recurriendo al auxilio de María, omnipotencia suplicante. Tenía dos o tres años, cuando comenzó a invocar a la Virgen en la Catedral de Barbastro, delante de la imagen de la Dormición. Me aconsejó una devoción que vivía: besar con cariño la frente de una imagen de nuestra Madre del Cielo, y con piedad de hijo decirle: “ven conmigo”. En más de una ocasión, pasaba los ratos que podía, llamando continuamente a la Virgen: ¡Madre, Madre, Madre mía! Y, lleno de confianza, abandonaba en sus manos las necesidades de la Iglesia y de las almas.

No se cansaba de predicar la urgencia de acudir a la Santísima Virgen. Por ejemplo, en 1953, nos insistía: “quizá nos falta considerar a Cristo tan nuestro como María lo consideraba suyo: era su vida y la razón de su existencia. Sin él, María no podía trabajar, ni vivir, ni descansar, ni estar. Y si somos fieles debería sucedernos constantemente lo mismo a cada uno de nosotros”. El 30 de abril de 1968, como solía hacer cuando comenzaban los meses o las épocas del año en las que de una manera particular se cultiva en la Iglesia la devoción a la Virgen, nos recomendaba: “en nuestro trato con María, en este mes de mayo, que mañana comienza, querría que cada uno de nosotros empezara a hacer un pequeño sacrificio más, un rato más de estudio, un trabajo mejor acabado, una sonrisa …; un sacrificio, que sea un esfuerzo de nuestra piedad y una prueba de nuestra entrega. Con generosidad, hijo mío, déjate llevar por Ella. ¡No podemos dejar de querer cada día más y más al Amor de los amores! Y con María lo podremos conseguir, porque nuestra Madre vivió dulcemente una entrega total”. Arturo Blanco. Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

Saludos,

Departamento de Familia