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San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación de la gente joven. Y las ha realizado sin haberse propuesto escribir ningún tratado sobre el tema, sin hacer ninguna escuela pedagógica.

Él insistió siempre en que el Opus Dei no tiene ni tendrá opinión o escuela corporativa particular en materias teológicas o filosóficas, y por tanto tampoco una escuela pedagógica propia. O sea, no se puede decir que haya un estilo pedagógico propio del Opus Dei.

La aportación que hace San Josemaría es de otro orden. No son aportaciones en el orden técnico o metodológico. Se refieren al espíritu que debe informar la educación, al realce que se le da, al modo de tratar a la persona y de entenderla. De ahí que sean ideas con una multiplicidad de manifestaciones y que posean un valor permanente frente a los avances científicos o técnicos.

Son aportaciones que se expresan en valores que no son propios de una época, ni de un lugar, y que por tanto presentan una enorme diversidad. Se manifiesta de modos diversos según los países, las épocas, los tipos de personas. No hay una uniformidad, porque se trata de un espíritu que ha de fructificar e inculturarse en situaciones sociales enormemente diversas, en lugares o en épocas muy diferentes.

Podemos en primer lugar fijarnos en los principales ámbitos en que se manifestó su preocupación por la formación de la gente joven. El primero, y quizá del que más habló, se refería a la familia. Hay numerosísimas referencias de su predicación oral y escrita sobre cómo educar bien a los hijos en la familia en un clima de libertad.

Mencionaba con frecuencia el ambiente que encontró en el hogar de sus padres, presidido por el sentido cristiano, el espíritu de libertad, la templanza, el trato considerado con todos. Los consejos y recomendaciones de San Josemaría han iluminado la vida de muchos hogares en todo el mundo y son quizá el mejor reflejo de la influencia de sus enseñanzas en la formación de la gente joven. Por otra parte, esa preocupación suya por la educación de los hijos ha sido también el germen de multitud de organizaciones dedicadas a la educación en la familia que prestan hoy un gran servicio en todo el mundo.

También dedicó San Josemaría, una especial atención a la enseñanza. Desde los primeros años del Opus Dei, animó a muchas personas a trabajar en la universidad. Más adelante, impulsó la puesta en marcha de numerosas universidades en todo el mundo. Y animó a trabajar en colegios e institutos, públicos o privados, e impulsó igualmente la creación de nuevos colegios y escuelas rurales en los que siempre recomendó que los padres tomaran un gran protagonismo.

Ese profundo aprecio que siempre transmitió por cualquier trabajo relacionado con la enseñanza, ha despertado en muchas personas, el deseo de dedicarse profesionalmente a esas tareas, en instituciones públicas y privadas de todo tipo. Otra de sus grandes preocupaciones fue la de crear espacios que resultaran positivos para la formación de la gente joven fuera de sus horas estrictamente lectivas.

Desde los años treinta, en Madrid, se preocupó de poner en marcha centros donde estudiantes universitarios pudieran encontrar un ambiente favorable para el estudio, para la cultura, para los idiomas, para fomentar la ilusión por investigar, para entender la excelencia académica como un servicio a Dios y a los demás. Estas primeras experiencias tuvieron un gran éxito y la fórmula se extendió por todo el mundo, pronto ampliada a estudiantes de secundaria y bachillerato, y más tarde en forma de clubes juveniles que crearan, para chicos y chicas aún más jóvenes, unas mejores oportunidades de formación extraacadémica.

Un centro educativo animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus puntos fuertes y sus puntos débiles, sus aciertos y sus errores; pero siempre tendrá también encendida una luz, la luz de una misión divina, que da a su tarea un sentido de servicio y de misión. Y una persona, por ser de la Obra, o por querer vivir el espíritu de la Obra, no pasa a ser más inteligente, ni deja de poder equivocarse, ni deja de tener errores personales, pues siempre hay una distancia entre lo que deberíamos ser y lo que logramos ser; pero sí tiene encendida dentro del alma una luz, la luz de una vocación divina, que da a su vida un sentido de misión, una búsqueda de la santidad en esas ocupaciones. Alfonso Aguiló. San Josemaría y la gente joven.

Saludos,

Departamento de Familia