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¿Quién la produce? ¿Quién la inventó? Quizá alguien alegre que sabe lo que significa,  que la vive, que la siente…. ¿Dónde la encontramos?… Donde menos lo imaginamos; la podemos anhelar, la podemos experimentar, y es imposible no valorarla.

Como todas las cosas buenas necesitan de nuestro esfuerzo, la alegría es el resultado  de nuestra entrega; la entrega de una madre o un padre,  la de un hijo, la de un compañero, la de un pariente,… o de todo  aquel que está cerca; todas tienen la misma fuente:  la amistad con Dios; esa íntimidad que nos invita a  darnos a los demás,… a convertirnos en servidores…. Preguntémonos: ¿qué puedo hacer hoy por los demás?… Eso nos llevará a  negarnos a nosotros mismos; a nuestros gustos; a nuestras maneras de ser y de hacer las cosas; a nuestros sueños individualistas, por otros más generosos.

¿En qué  momento la podemos  sentir? Cuando hacemos bien nuestro trabajo; cuando decimos la verdad; cuando actuamos con recta intención; cuando valoramos los éxitos ajenos; cuando compartimos lo que tenemos; cuando cumplimos nuestras responsabilidades; cuando pensamos bien de los demás; cuando perdonamos; cuando rezamos; cuando salimos al encuentro de un tú,… de un tú necesitado de nuestra ayuda.

La alegría se cultiva, aprendiendo a ver las cosas lindas que la vida nos ofrece, y también las cosas pequeñas y grandes que somos capaces de hacer por los demás.

La tristeza no tiene cabida en un corazón anclado en el amor de Dios. La alegría siempre vence, pero debemos tener la valentía  de optar por ella.

Saludos,                                                                                  

Departamento de Familia