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Enseñar a mis estudiantes a respetar a los seres humanos vulnerables, usando su mandil, su corazón y sus conocimientos médicos, fue algo gratificante. Tres décadas las dediqué, además de mis otras obligaciones, a contribuir a la formación de cientos de profesionales de la Salud.

Ser Profesor de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Católica de Guayaquil, fue una gran aventura docente.

Leí mucho. Apliqué las técnicas pedagógicas que mi Cátedra requería. Durante algunos años, llevé los materiales que permitieran que la enseñanza por medios audiovisuales, facilitara la comprensión de una ética médica en la que se respetara el Derecho a la vida y a la dignidad de los pacientes, comenzando por los más pequeños.

Al finalizar mi etapa como Profesor universitario, siento una gran satisfacción. Hijas e hijos no biológicos, pero que me estaban encomendados, pasaron semestre a semestre por esas aulas, en las que yo también aprendí.

Sembramos… Sólo Dios podrá calificar la cosecha… Ahora, después de tantos años como docente, recuerdo el comienzo de cada clase: “Señoritas y señores…, atención a la lista…”.

Saludos,

Departamento de Familia