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Lunes de Familia

La fe suaviza el corazón que el miedo lo había endurecido

¿Por qué dudamos? Si somos sinceros, dudamos más de lo que quisiéramos. Lo hacemos cuando sentimos que no podemos más, cuando vemos los problemas y no sabemos cómo manejarlos, cuando pensamos que no estamos siendo buenos padres, buenos hijos, buenas personas. Y casi siempre detrás de esas dudas, hay miedo.

Y ese miedo, aunque no lo notemos, se mete en lo cotidiano. Por ejemplo, en la familia. A veces, por miedo, hablamos más fuerte de los necesario. O exigimos demasiado. O nos cerramos y no queremos ver lo que pasa a nuestro alrededor. El miedo nos hace reaccionar mal, cuando lo que más necesitamos es amar con calma. Nos hace desconfiar, cuando lo que más ayudaría es creer en el otro.

También el miedo nos frena por dentro. Sabemos que deberíamos pedir perdón… pero no lo hacemos. Queremos acercarnos… pero esperamos hacerlo en otro momento. Sentimos que debemos cambiar algo… pero lo dejamos para después.

Y lo más duro es que muchas veces lo justificamos: “así soy yo”, “ya no puedo cambiar”, “no vale la pena intentar”. Pero en el fondo sabemos que no es verdad. Es solo miedo hablando bajito.

Pensemos: ¿Cuántas cosas buenas se quedan sin hacerse por miedo? ¿Cuántas palabras de cariño no se dicen? ¿Cuántas oportunidades de empezar de nuevo se pierden?

Sin embargo, hay algo que cambia todo… y no es hacer más esfuerzo, ni “ser más fuerte”. Es algo más sencillo y más profundo: la fe.

La fe no hace desaparecer los problemas de un día para otro. Pero sí cambia la manera de vivirlos.  Cuando empezamos a confiar más, pasa algo bonito: el miedo ya no manda igual. Sigue estando, sí… pero pierde fuerza. Ya no decide por nosotros.

Entonces, en la familia, empezamos a tener más paciencia. A escuchar más. A no querer controlar todo. A confían en los tiempos de Dios y en las personas que amamos. Así la fe, va suavizando el corazón que el miedo lo había endurecido.

Departamento de Familia