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Un cristiano sincero, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo. (Amigos de Dios, 206).

Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra. (Forja, 1005).

¡No hay mejor señorío que saberse en servicio: en servicio voluntario a todas las almas!

—Así es como se ganan los grandes honores: los de la tierra y los del Cielo. (Forja, 1045).

Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva? (Surco, 891).

Escribías: «simile est regnum cælorum —el Reino de los Cielos es semejante a un tesoro… Este pasaje del Santo Evangelio ha caído en mi alma echando raíces. Lo había leído tantas veces, sin coger su entraña, su sabor divino».

¡Todo…, todo se ha de vender por el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria! (Forja, 993).

Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban…

En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar. (Forja, 995).

¡Visión sobrenatural! ¡Calma! ¡Paz! Mira así las cosas, las personas y los sucesos…, con ojos de eternidad.

Entonces, cualquier muro que te cierre el paso -aunque, humanamente hablando, sea imponente-, en cuanto alces los ojos de veras al Cielo, ¡qué poca cosa es! (Forja, 996).

Mienten los hombres cuando dicen «para siempre» en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el «para siempre» de la eternidad.

—Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre! (Forja, 999).

¡Cómo amaba la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí espiritualmente!: veía en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano), la bendición y las predilecciones de Jesús: y, aunque afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía no era un castigo, era una misericordia.

—Hablamos de la muerte. Y del Cielo. Y de lo que había de decir a Jesús y a Nuestra Señora… Y de cómo desde allí «trabajaría» más que aquí… Quería morir cuando Dios quisiera…, pero -exclamaba, llena de gozo- ¡ay, si fuera hoy mismo! Contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre. (Forja, 1034).

Saludos,

Departamento de Familia