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Cada vez faltan menos días para la Navidad. Y sería muy bueno, que comenzáramos a caminar hacia Belén. Un año marcado por muchas tensiones, debe tener al final, ese remanso de paz, que sólo el Niño Jesús nos puede brindar, con su nacimiento.

Hace más de 2.000 años, el vientre de la Virgen aumentaba de tamaño, y los preparativos para recibir a su Hijo, estaban llenos de pequeños detalles. Todavía no había llegado la hora de partir.

Sin embargo, todos anhelamos que llegue el 24 a medianoche, para arrodillarnos ante el pesebre, y pedirle a ese Niño recién nacido, que haga desaparecer este mal, que azota a la humanidad. Que termine, sin cobrar más vidas. Que llegue la alegría a esos hogares que han sufrido tanto, no sólo por la pérdida de sus familiares, sino por la salida inesperada de muchas personas, de sus lugares de trabajo.

La ruta, este año, debe estar marcada por la solidaridad: hacia el enfermo; hacia el abandonado; hacia la familia que no ha podido comer, con la regularidad que lo hacía hace algunos meses.

Esperamos que ese nacimiento que hemos colocado en nuestras casas, cobre vida, y nos brinde la esperanza, que tanto anhelamos. Para esto, debemos apresurar nuestro paso. Pero necesitamos fortaleza. Esa que sólo brinda el Señor, cuando está dentro de nosotros; cuando estamos en gracia. Acerquémonos al sacramento que nos da la gracia, que tanto necesitamos; al que nos reconcilia con el Señor.

Saludos,

Departamento de Familia