Cuando lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos van en la misma dirección, hablamos de coherencia. Vivirla no es fácil, porque exige una lucha interior. La coherencia se construye con pequeños actos como: renunciar a la comodidad, por ejemplo, cuando nos levantamos para ayudar a alguien o cedemos a nuestro cónyuge, a nuestros hijos o hermanos el mejor lugar; cuando hacemos lo correcto, aunque nadie nos vea; o cuando no nos dejamos llevar por lo que todos hacen o dicen, sino que buscamos el bien, aunque nos cueste.
Ser coherentes no significa ser perfectos, sino ser personas que luchan. Tendremos muchos momentos en los que sentimos una cosa y queremos otra, en los que notamos que estamos divididos entre lo que nos apetece y lo que debemos hacer, y terminamos justificándonos: “solo por esta vez” o “por esta vez no pasa nada”.
La Cuaresma es precisamente un tiempo para revisar nuestra coherencia. Es un momento para preguntarnos: ¿Estoy viviendo lo que creo? ¿Mi fe se nota en mis decisiones? ¿Cómo trato a los demás en casa? ¿Soy la misma persona en todos los ambientes? Quizás ese sea el mejor fruto de la Cuaresma: que cuando alguien mire nuestra vida pueda decir: “Lo que cree, lo vive.”
La coherencia atrae y garantiza no solo una alegría verdadera a quien la vive, sino que también influye en todos los que están cerca. El impacto que causó la pérdida de estos santos sacerdotes este fin de semana, es una prueba de ello.
Cuando muere una persona coherente, no solo deja recuerdos, sino también un camino marcado, una forma de vivir. Las vidas coherentes iluminan e inspiran la vida de los demás.
Departamento de Familia