Son ciertamente los laicos quienes, de modo capilar, hacen presente a Cristo en las encrucijadas del mundo. A la vez, la vida de Cristo que se inicia en el Bautismo, necesita el ministerio sacerdotal para desarrollarse. La grandeza del sacerdote consiste en que se le ha dado el poder de vivificar, de cristificar. El sacerdote es «instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado». El sacerdote trae a Cristo «a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos».

Como pastor de almas y como dispensador de los misterios de Dios (cfr. 1 Cor 4, 1), el sacerdote, especialmente en un mundo indiferente hacia la fe, debe alentar a todos para que progresen hacia la santidad, sin rebajar -por cobardía o por falta de fe- el horizonte del mandato divino: «sed santos, como mi Padre celestial es santo» (Mt 5, 48). El sacerdote orientará a otros en ese camino hacia la santidad si él mismo reconoce este imperativo, y si es consciente de que Dios ha puesto en sus manos los medios para alcanzarlo. El gran desafío para el sacerdote consiste en identificarse con Cristo en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, para que muchos otros busquen también está configuración con el Señor, en el desempeño de sus tareas habituales.

La identificación con Cristo sacerdote se fundamenta en el don del sacramento del Orden, y se desarrolla en la medida en que el sacerdote pone todo lo suyo en manos de Cristo. Esto ocurre de modo paradigmático y excelente durante la celebración de la Eucaristía. En la Misa, el sacerdote presta su ser a Cristo para traer a Cristo.

San Josemaría expresaba esta verdad con fuerza singular: «Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (…): eres Cristo (…). Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo».

Esta identificación con el Señor es un rasgo esencial de la vida espiritual del sacerdote. Como decía San Gregorio Magno, «quienes celebramos los misterios de la pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostia nosotros mismos”.

La entera existencia sacerdotal se orienta a que el propio yo disminuya, para que crezca Cristo en el presbítero: ocultarse, sin buscar protagonismo, para que aparezca sólo la eficacia salvadora del Señor; desaparecer, para que Cristo se haga presente a través del ejercicio abnegado y humilde del ministerio. Ocultarse y desaparecer es una fórmula que gustaba mucho a San Josemaría. Invita, especialmente a los sacerdotes, a preferir el sacrificio escondido y silencioso a las manifestaciones aparatosas o llamativas. (Mons. Javier Echevarría).

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Departamento de Familia