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Mientras hay lucha, hay vida interior. Puede ser que estemos pasando momentos de angustia, ansiedad, tristeza, pero si la fortaleza de nuestra alma, no deja de acompañarnos, seguiremos avanzando por caminos de espiritualidad.

Recordemos lo que decía San Josemaría: “Cristo, que es nuestra paz, es también el Camino. Si queremos la paz, hemos de seguir sus pasos. La paz es consecuencia de la guerra, de la lucha, de esa lucha ascética, íntima, que cada cristiano debe sostener contra todo lo que, en su vida, no es de Dios: contra la soberbia, la sensualidad, el egoísmo, la superficialidad, la estrechez de corazón. Es inútil clamar por el sosiego exterior si falta tranquilidad en las conciencias, en el fondo del alma, porque del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias”.

La lucha del cristiano es permanente, porque en nuestra alma se produce un continuo comenzar y recomenzar, que impide que nos creamos perfectos. No se puede evitar que haya muchos tropiezos en nuestro recorrido por este mundo; si no encontrásemos complicaciones, no seríamos personas de carne y hueso.

Cuando por la acción de la gracia santificante, Dios habita en el corazón del cristiano, es más fácil servir a nuestro prójimo. Así ocurrió de manera perfecta y singular con nuestra Madre del Cielo. Confiémosle este período de confinamiento, para apreciarlo como tiempo propicio para descubrir la primacía de la vida interior.

Saludos,

Departamento de Familia