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Cuatro letras, que simbolizan un poema. La palabra comienza a escuchársela con los primeros balbuceos de la niña o el niño. Y dentro de muy poco tiempo, ellos la pronuncian bien, por sílabas.

Y es que la madre está con ellos gran parte de la vida, incluso aunque trabaje fuera de la casa. Muchas veces, es a ella a quien buscan los hijos para contarles sus emociones o sus desalientos ante determinada situación que se les presentó. La confianza que la madre deposita en sus hijos, le permite tener una gracia especial que Dios se la concede para aconsejar, consolar, motivar, enseñar, y también para callar cuando se trata de escucharlos con atención.

Mamá. Tanto contenido encierra esta palabra. Y tanta responsabilidad hay detrás de ella. Una vez que se la adquiere, no puede dejársela nunca. El sacrificio que esto significa, lleva a la madre a entregarse completamente a sus hijos; aunque el cansancio, las penas, o los sinsabores que trae la vida, la agobien en determinado momento.

Es por eso que debemos ser recíprocos con ella. Respetarla, siempre. Agradecerle, siempre. Hablar con ella, siempre. Brindarle alegría, siempre. Acogerla, siempre, Darle consuelo, siempre. Acompañarla, siempre. Velar por ella, siempre.

Mantener el hogar y dedicar nuestros esfuerzos al trabajo de cada día, pueden hacernos perder el contacto con ella. Y en los fines de semana, no siempre podremos verla. Entonces, lo que no podemos dejar de hacer es hablar con ella, si es posible, todos los días. Y estar con ella, sobre todo en los momentos de enfermedad y tristeza.

Bueno,… a celebrar este día. No se necesita de tener muchos medios económicos para poner en marcha la fiesta. El ingrediente principal debe ser la alegría, y el propósito de no dejarla nunca; olvidándonos de cualquier malentendido que pudimos tener con ella. Es momento de agradecer a Dios por este regalo tan grande, que nos ha permitido decir… ¡Mamá!

Saludos,                                                                                  

Departamento de Familia