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Todas las profesiones son bendecidas por Dios. El Señor creó la tierra, y la regaló al hombre para que la trabajara. Santificó al trabajo; nos dio la misión de santificarnos por medio del trabajo, y además nos pidió, que santifiquemos a los demás con el trabajo.

En esta pandemia, hemos aprendido a valorar las distintas actividades laborales. Entre ellas la Medicina, que brinda la gran oportunidad de servir. En las distintas especialidades: quirúrgicas, clínicas, docentes, de coordinación de la Salud Pública… Es apasionante constatar cómo se pueden salvar vidas en estado incipiente, pasando por todas las etapas del ser humano, hasta la ancianidad.

En el quirófano de un hospital; en el consultorio; en las salas críticas; en la cátedra universitaria. Dios les ha otorgado a los profesionales de la salud un gran don para curar, mitigar el dolor y consolar, cuando la enfermedad terminal se está llevando la vida del paciente.

Les ha dado unas manos que palpan; que auscultan; que escriben recetas; que operan, muchas veces durante horas; que estrechan otras manos…, las de los seres que sufren. Los médicos están para salvar, no para quitar vidas cuando aún son pequeñas, o cuando la enfermedad no puede curarse. ¡Qué apasionante profesión! Tratar con cuerpos y almas.

En estos momentos, donde la cultura de la muerte acecha al ser humano, recemos para que nunca olviden su misión; que nadie los obligue a irse contra su conciencia recta; que ninguna ley prohíba que apliquen la objeción de conciencia, ante injustos decretos que ponen el bisturí no sobre el tumor, sino sobre un corazón que late, porque la vida de ese ser humano representa, a la humanidad entera.

Saludos,

Departamento de Familia