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Los milagros existen. Son obras de Dios. Él escucha nuestras voces suplicantes, y nos concede, muchas veces por intercesores, los favores que le pedimos. La historia de la humanidad está llena de ellos, y nosotros no debemos cansarnos de solicitarlos, si es necesario, a cada instante.

La Virgen y los santos, están constantemente interviniendo ante la Santísima Trinidad, por nuestros ruegos, llenos de esperanza y de profunda devoción; estemos seguros de que se cumplirán todas estas peticiones.

También son nuestros aliados, los no nacidos por diversas causas, “porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos”.

¿Recurrimos constantemente a nuestros intercesores, cuando precisamos de su ayuda, en los momentos difíciles por los que estemos atravesando? ¿Y también nos acordamos de pedir, por las almas de los fieles difuntos, que esperan en el Purgatorio, el momento oportuno para llegar al Cielo, a contemplar la faz del Señor?

“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”. Son palabras dichas por el mismo Jesús, mientras estuvo con nosotros.

María consiguió que su Hijo realizara el primer milagro: convertir el agua en vino, en las bodas de Caná. Recurramos con mayor intensidad a la Virgen, la más grande intercesora ante el trono de Dios.

Saludos,

Departamento de Familia