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Copio lo que escribí hace 17 años, con motivo de la graduación, de mis primeros preceptuados…

“Los veo en este instante, en la pared de mi oficina, donde tengo tres retratos de ustedes. No sé en qué momento crecieron. El tiempo se ha ido, yo diría, demasiado rápido. Atrás quedaron, esos gratísimos recuerdos, cuando les daba clases de Religión, y conversaba con ustedes, en Preceptoría.

Cuando tenía que hacer la pausa, porque Daniel Alfredo “apuntaba” con su escuadra, a lo lejos, a manera de pistola, a Roberto Hernán. Roberto Hernán lanzaba un grito, porque había sido “herido”. Eduardo festejaba la ocurrencia. Fernando, serio, los miraba. Gustavo se ponía rojo. Estéfano se reía. Sebastián permanecía callado, observando todo. Luis Alfredo y Gabriel, con las manos sobre la banca, estaban atentos, sin chistar. Guillermo Andrés sólo sonreía, sin despegar los ojos del profesor. José Luis pintaba la escena, para luego mostrársela al profesor.

Luego vinieron Marcos, José Fernando, Juan Javier, Felipe, Germán, José Luis, Hans, Guillermo…, y después, los demás: Alejandro, Guido Álex, Julián, Sebastián, Hugo, Julito, Galo, Pablo, el otro Pablo, y Diego.

¿Olvidarlos? Imposible. Y es que no sólo forman parte de la historia del Colegio, sino también de mi vida. Están entrañablemente unidos a mí por lazos, más fuertes que el acero.

Me preguntaba Hans, semanas antes de terminar las clases, si los iba a extrañar, si iba a llorar cuando no estén… En ese momento, apenas pude responderle algo. Pero ahora, mientras escribo estas líneas, me pregunto: ¿Será lo mismo el Colegio Torremar sin estos 29 chicos, que ahora se nos van?… Y respondo inmediatamente… ¡No! Se van mis chicos de Segundo Grado…; también lo fueron en Tercero, año en que hicieron la Primera Comunión… Y en primer Curso…, y luego en Tercero…, y finalmente en Sexto.

Se van mis chicos, en quienes procuré sembrar un profundo amor y convicción por el respeto al derecho a la vida y a la dignidad del ser humano. Qué satisfacción sentiré cuando vuelvan a visitarnos, y pueda escucharlos decir: “Mario, somos felices. Estamos convirtiendo todos los momentos y circunstancias de nuestra vida, en ocasión de amar a Dios; y estamos sirviendo, con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra, con la luminaria de la fe y del amor…, como nos enseñaron en el Colegio”.

En ese momento, volverán los recuerdos a mi mente. A un lunes 4 de mayo de 1994… Y los veré en el patio central, formados, dirigiéndose al aula con Esteban… Y seré muy feliz…” (Mario).

Saludos,

Departamento de Familia