No dialogues con la tentación

Dios ha inscrito en nuestro corazón el deseo por el bien, la belleza y la verdad y eso nos lleva a aborrecer la mentira y el mal.   Pero, nuestra naturaleza como consecuencia del pecado, quedó debilitada e inclinada al mal, convirtiendo la vida del hombre en un continuo combate espiritual.  El demonio nos sale al encuentro, nos habla suavemente, nos confunde, nos miente, disfraza el mal por bien; y si caemos, nos da razones para seguir en el mal.  El demonio es listo y perverso.

Por eso, no dialoguemos con la tentación, si lo hacemos perdemos. Pero nos cuesta cortar, huir, buscar ayuda. Quizá porque estamos acostumbrados a ver hasta cuánto más podemos resistir.  Muchas veces nos cuesta alejarnos porque eso implica dejar algo que queremos o que nos gusta.  Nos cuesta cambiar nuestros planes, empezar de nuevo, soltar lo que tenemos.

San Josemaría nos dice: “Chapoteas en las tentaciones, te pones en peligro, juegas con la vista y con la imaginación, charlas de… estupideces. –Y luego te asustas de que te asalten dudas, escrúpulos, confusiones, tristeza y desaliento. –Has de concederme que eres poco consecuente”. (Surco, 132)

Reflexionemos: ¿Qué nos impide ser firmes y cortar sin concesiones?  ¿Será por orgullo o falta de voluntad? ¿Será que ignoramos que al caer en la tentación ofendemos a Dios? ¿Quizá, nos hemos olvidado que Dios nos da la gracia para rechazarlas?

Nunca dialogar con el demonio, porque él es más astuto que todos nosotros y nos la hará pagar.  No le echemos la culpa a nadie si caemos. Jesús nos enseña el camino, y nos da la gracia que nos ayudará a seguirlo. No tengamos miedo a cambiar, a renunciar, a soltar, a pedir ayuda. Y con valentía cortemos con un decidido ¡cállate! cuando sea necesario.

Saludos,

Departamento de Familia