La celebración de la fundación del Opus Dei puede ser una oportunidad para recordar que la santidad no consiste en escapar de la vida cotidiana, sino en aprender a vivirla de otra manera: con más amor, más responsabilidad, más servicio y una mirada capaz de descubrir a Dios en lo ordinario.
¡Qué verdad tan grande y qué llamada tan urgente para cada una de nuestras familias! Nuestro Señor Jesús no nos ha prometido una existencia anestesiada o mediocre; Él nos lo ha dicho claramente: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia». Y esa plenitud no hay que ir a buscarla fuera de las cuatro paredes de tu hogar. La vida en abundancia de Cristo se esconde ahí, en medio del ajetreo de la casa, en el cansancio del trabajo, en la sonrisa que acoge y en el perdón que llega pronto tras una discusión.
La santidad no es cosa de pocos ni de almas ajenas al mundo: es un llamado universal. El camino divino hacia ella está en tus manos: Tu familia. Cada plato que se lava con alegría, cada gesto de paciencia con los hijos, cada mirada comprensiva hacia el cónyuge cuando las fuerzas flaquean… ¡todo eso es materia de santificación! Dios te espera en cada detalle ordinario para divinizarlo. Cuando convertimos la convivencia diaria en un acto continuo de servicio y de amor, el hogar se transforma en un pedazo de cielo, en un santuario donde la gracia de Dios sana las heridas, acorta las distancias y renueva las ganas de quererse bien.
Decídete hoy a mirar tu vida familiar con ojos de fe. No esperes a circunstancias ideales que nunca llegarán. Enciende tu amor en lo que tienes hoy entre manos. Recuerda siempre aquellas palabras de San Josemaría:
«Ahí donde están vuestros hermanos los hombres, ahí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres».
Departamento de Familia