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Pensarlos como eran mientras estuvieron con nosotros. Con sus alegrías; con sus ocurrencias; con las bromas a sus hermanos y amigos; con su conversación tan amena, o con su silencio cuando escuchaban la confidencia de quienes se acercaban a ellos.

Recordar a los seres queridos que se fueron, y pensarlos con una sonrisa de satisfacción. Con su alma purificada por la Misericordia del Señor, se encuentran ya disfrutando de la promesa que Jesús ofreció, al decir: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy pues a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”.

Él mismo ha venido a recogerlos, en el momento que consideró oportuno. No debe entristecerse nuestro corazón. Más bien, debe recorrer una gran paz en nuestro espíritu. Y no parar de rezar por ellos, y pedirles que recen por nosotros, pues las almas que están más cerca de Dios, consiguen lo que les pedimos muy rápidamente, con prontitud.

Recordémoslos siempre, pero sin que se turbe nuestro corazón. Ofrezcamos Misas con frecuencia. No hay nada mejor para las almas que ya se han ido, que ser recordados en la Eucaristía.

Que esta pandemia contribuya a unirnos más a los seres queridos que ya no están con nosotros, pero que permanecen imborrables en nuestros recuerdos.

Saludos,

Departamento de Familia