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Nos imaginamos a Jesús, próximo a cumplir las 40 semanas de gestación. Seguro, muy seguro, en el vientre de su Madre, que anhelaba tenerlo en sus brazos, y apretarlo contra su pecho. José no se quedaba atrás; trabajaba en su taller, y por momentos descansaba. Pero su descanso era ver a María, y contemplar su abdomen abultado.

Aunque todavía no había nacido, se imaginaban cómo sería su rostro, el color de sus cabellos, si sería alto o más bien de estatura mediana. Conocían, eso sí, cuál sería su nombre: Jesús, ya que el Ángel del Señor lo había comunicado.

Dios hecho hombre, por nosotros. Todos los días de su permanencia en el cuerpo de su Madre, tuvieron la misma importancia. No hubo semana que fuera más importante que la otra. Todas, una tras otra, presentaban algo nuevo. Su crecimiento desde que era una célula, pasando por el momento en que comenzó a latir su corazón; luego se completarían todos los sistemas de su organismo, un organismo humano, aunque se trataba también del mismo Dios. Algo tan difícil de entender para nosotros.

Ya estaban planificando lo que llevarían de Nazaret a Belén, pues hacia allá tendrían que dirigirse, por el censo de población, que había sido decretado por el emperador.

Pensemos ahora en nosotros. ¿Cómo nos estamos preparando para la Navidad? ¿Ya tenemos listo nuestro equipaje, para recorrer en este Adviento, los caminos que nos lleven hacia ese encuentro con el Niño Dios?

¿Qué le vamos a llevar al pesebre? Veamos…, si vivimos alguna –ojalá fueran muchas- de las 7 Obras de Misericordia Corporales, o alguna de las 7 Obras de Misericordia Espirituales, le vamos a hacer un gran regalo a Jesús. Quedan pocos días… ¡Comencemos!

Saludos,

Departamento de Familia