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San Josemaría en uno de sus textos escribió: “Es la pura verdad, que la historia del Opus Dei, habrá que escribirla de rodillas, porque es la historia de las misericordias de Dios. Esto se descubre de modo particularmente claro en mi vida: todo lo ha hecho el Señor”. Indudablemente que san Josemaría se refiere a la gran ayuda que recibió de Dios para que el Opus Dei saliera adelante, a pesar de las deficiencias personales (se consideraba cargado de defectos) y a las dificultades, durísimas y bien complicadas en algunos casos, que tuvo que enfrentar.

Es sabido que San Josemaría manifestó siempre que Dios mismo había fundado el Opus Dei, el 2 de octubre de 1928. Así quería evitar que se pensase que el Opus Dei era fruto de una ocurrencia suya, y evidenciaba que era fruto del querer de Dios. Esto reclama la atención, porque significa que Dios, una vez más, irrumpe en la historia de la humanidad con sus desvelos de Padre, para asistir a sus hijos.

Así se ve en el mensaje mismo que le confía difundir al Opus Dei: decirle a todas las personas, de todas las razas, condiciones sociales…, que Dios los llama para ser santos. Quizá lo hemos oído ya varias veces, pero bajo la perspectiva de la misericordia, es posible resaltar una arista: esta llamada universal a la santidad significa que Dios quiere mucho a cada persona y la quiere junto a sí aquí en la tierra (“en las cosas de mi Padre”, como dice Jesús en el Templo) y en el Cielo (“la casa del Padre”, como lo llama Jesús en la parábola del hijo pródigo).

Además, San Josemaría enseñó a los fieles del Opus Dei, que al cumplir con las exigencias de su vocación, deben hacerlo con mentalidad laical y alma sacerdotal. Es decir, en pocas palabras, teniendo los mismos sentimientos de Cristo sacerdote -que se entregó hasta la última gota de su sangre por la redención de cada persona-, vivificando este mundo desde dentro (como la levadura en medio de la masa) y sembrando paz y alegría. En otros términos, que el colega de trabajo, la hermana, el compañero de un hobby, etc., pueda encontrar a Cristo en el fiel del Opus Dei: encuentro que los anime a buscar a Dios en sus vidas y que experimenten el amor de Dios.

Otro aspecto a mencionar es lo que San Juan Pablo II denominó “el carisma de la confesión”, que tienen los fieles del Opus Dei (según el Beato Álvaro del Portillo, San Juan Pablo II le hizo ese comentario más de una vez). Se trata de una particular gracia por la que los fieles de la Obra procuran acercar las almas al sacramento de la Reconciliación con Dios, donde se ofrece toda la misericordia divina. Fundamento de este carisma y de la vida espiritual de los fieles del Opus Dei es la filiación divina; la filiación a un Dios que es infinitamente misericordioso, tal como lo muestra Jesús, por ejemplo, al perdonar al buen ladrón o a la mujer adúltera, o en la parábola del hijo pródigo.

Los designios de Dios son eternos y no fallan. En la Iglesia Dios tiene su instrumento universal de salvación y el Espíritu Santo va suscitando distintas gracias en ella, para que su acción llegue a todos los hombres, como esta entidad de la Iglesia, el Opus Dei, querida por Dios para derramar su misericordia entre los hombres. (María Jesús Correa y Florencia Pucci).

Saludos,

Departamento de Familia