Algo tenemos que hacer. Así es, a veces queremos que las cosas mejoren, pero sin movernos, sin hacer nada. Deseamos paz en la familia, que reconozcan nuestro trabajo, que nuestros hijos sean buenos, estar sanos y fuertes; sin embargo, no controlamos nuestro enojo, no nos esforzamos en hacer bien nuestro trabajo, no damos ejemplo, no nos cuidamos en las comidas ni en los tiempos de descanso. Y, aun así, esperamos resultados distintos. Pero todo requiere algo de nuestra parte.
Jesús llora ante la muerte de su amigo, se compadece de Marta y María, hermanas de Lázaro. Cuando llega, ya llevaba cuatro días en el sepulcro y el ambiente era insoportable; pero, aun así, pide: “Quiten la piedra”. Luego, lo llama y le dice que salga. Antes del milagro, pide la colaboración humana. Quizá la movieron entre varios, pues seguramente era muy pesada.
Dios también quiere obrar milagros en nuestras vidas y en nuestras familias. Quitar la piedra no es fácil, pero es el primer paso: iniciar una conversación sincera, pedir perdón de corazón, dejar el orgullo. ¿Cuánto tiempo llevamos con un corazón endurecido? Quizá no nos damos cuenta del “olor” que de ahí emana, pero sí lo sufren nuestro cónyuge y nuestros hijos.
Siempre es tiempo de volver a empezar. Siempre es un buen momento para arrodillarnos en un confesionario. Jesús está fuera del sepulcro esperando que quitemos la piedra; quiere regalarnos una nueva vida: matrimonios que pueden recomenzar, relaciones entre padres e hijos que pueden sanar, hermanos que pueden volver a unirse.
Hoy es el momento. Jesús nos llama por nuestro nombre y nos invita a salir del sepulcro del pecado. El primer paso es nuestro. Y cuando nos atrevamos a darlo, Dios obrará el gran milagro, y comenzará a percibirse el nuevo aroma que sale de un corazón vivo, de un corazón que vuelve a latir como el de Dios.
Departamento de Familia