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Y el Ángel le dijo a María: “Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo”. Y desde aquel momento, la llena de gracia no perdió nunca su alegría, aunque la vida que le esperaba estaba llena de trabajos, fatigas, incertidumbres, sobresaltos, y dolores.

Cómo no alegrarse, si tenía al Hijo de Dios en su vientre; si luego lo vería nacer; lo amamantaría; le enseñaría a caminar, hablar y comer. Y le explicaría, junto a José, las Sagradas Escrituras.

Pero, sobre todo, la lección que nos da María, es la de su sencillez: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. “… porque ha mirado la humillación de su esclava…”. Ella, la Madre de Dios, ha sido la mujer más humilde que haya existido. Su grandeza no la envaneció nunca; al contrario, después de la Anunciación, su vocación fue servir. Y lo hizo con Santa Isabel, su prima anciana que había concebido a Juan, el Precursor de Jesús; con su familia; estando al tanto de los mínimos detalles, como en Caná, cuando faltaba el vino para la fiesta; acompañando a su Hijo en los extensos viajes que realizó en su tierra.

Luego, después de la Ascensión del Señor, apoyando y alentando a los Apóstoles y a quienes acudían a Ella, para que les dé un bálsamo de ternura, esperanza y alegría. María, la del dulce nombre, cumplió, durante su vida en la tierra, la vocación a la que Dios la había llamado.

La coronación como Reina de los Cielos y de la tierra, después de su Asunción, fue un merecido premio a la Madre, no sólo de Jesús, sino también nuestra. Ella nos mira y acude presurosa ante las necesidades de sus hijos. No dejemos de invocarla. Con sólo decirle Madre, la tendremos junto a nosotros, y si lo queremos, nunca nos dejará solos.

Por eso, todos los días, cuando nos despertemos, cuando trabajemos, cuando compartamos con la familia y al acostarnos, tengámosla presente. Ella, nos cubrirá con su manto, dándonos la alegría que el Señor le concedió.

Saludos,

Departamento de Familia