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El Magisterio de la Iglesia ha enseñado que la santidad no significa efectuar acciones extraordinarias, sino que “consiste propiamente sólo en la conformidad con el querer de Dios, expresada en un continuo y exacto cumplimiento de los deberes del propio estado”.

San Josemaría dice al respecto: “¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces” (Camino, 815).

La santidad, por lo tanto, no es para seres que viven en la tierra sobrenaturalmente.  Todos estamos llamados a ser santos. En todas las actividades que cumplamos; en todos los oficios que desempeñemos; en todas las tareas nobles que ejerzamos en nuestra sociedad; ya sean los trabajos manuales del artesano, del obrero o del cargador; o los intelectuales del investigador, del maestro o del científico. Todo lo que se hace con amor, con entrega, con dedicación, llega a los ojos de Dios y convierte ese esfuerzo en un sacrificio que Dios acoge y bendice.

Hay quienes nos han precedido en el camino al Cielo, y que gozan ya de las maravillas que Dios ha prometido a quienes cumplen con su voluntad. A muchos de ellos acudimos para que sean intercesores ante nuestro Señor, de los favores que les solicitamos cuando tenemos una necesidad urgente de que algo se realice.

Que el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, reflexionemos de manera especial sobre esta verdad de la que San Josemaría hablaba continuamente: “La santidad está compuesta de heroísmos. Por tanto, en el trabajo se nos pide el heroísmo de «acabar» bien las tareas que nos corresponden, día tras día, aunque se repitan las mismas ocupaciones. Si no, ¡no queremos ser santos!” (Surco, 529).

Saludos,                                                                                  

Departamento de Familia