Artículos

Todo lo hago contigo

Hace algún tiempo leí la historia de un joven que había perdido la visión en un accidente cuando era pequeño. Pasó algunos años viviendo en la oscuridad; sin embargo, él era muy listo y, poco a poco, aprendió a hacer sus cosas solo. Tenía amigos y salía con ellos con frecuencia. Parecía ser un joven feliz: no veía, pero había encontrado maneras de vivir sin necesitar sus ojos.

Y cuando ya se sentía cómodo con su forma de vivir, conoció a una chica de quien muy pronto se enamoró. La quería tanto que ya no solo deseaba escuchar su voz sino también verla; quería comprobar que era como él se la había imaginado. Iban juntos a todas partes, hablaban durante horas sobre sus sueños y planes, sobre lo que les costaba y lo que les preocupaba. Ella empezó a volverse indispensable para él. Juntos podían llegar más lejos, todo le costaba menos. Nunca estaba solo. Había descubierto una nueva forma de vivir. Y se preguntaba: ¿cómo pude vivir sin ella?

Algo parecido puede suceder en nuestra vida espiritual. Quizá nos falta luz, la luz del verdadero amor: un amor fiel e incondicional que nos hace ver la vida con sentido. Donde cada pequeño acto —una sonrisa, un esfuerzo, una dificultad ofrecida— deja de ser insignificante y se convierte en un encuentro. El que se deja alcanzar por este amor ya no quiere vivir sin él.

Dios camina a nuestro lado en medio de la tormenta. Él es la calma, Él es la luz. Aunque no lo veamos, Él está; aunque no lo sintamos, Él está. Él siempre está, incluso, cuando todo parece ir bien y pensamos que no lo necesitamos.

Vivir con Dios o sin Él, ¿da lo mismo? La respuesta es no. La diferencia más profunda está en el corazón. Cuando Dios no es el centro de nuestra vida, nuestra mirada se centra en nosotros mismos, pero cuando Él está presente, nos abre a amar más y a servir mejor.

Vivir con Dios nos da una paz distinta. No porque todo esté resuelto, sino porque sabemos en quién confiamos. Incluso en medio de la incertidumbre, hay una certeza: no estamos solos.

Decirle a Dios: “Todo lo hago contigo” no es solo una frase bonita. Es una decisión interior. Y cuando empecemos a caminar con Él, nos preguntaremos: ¿Cómo pude vivir sin Él?

Departamento de Familia