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“Tú eres mi hijo amado”

Este domingo la Iglesia celebró el Bautismo del Señor. Esta fiesta cierra el tiempo de Navidad y manifiesta públicamente quién es Jesús. En este acontecimiento se revela el gran misterio de la Santísima Trinidad: el Hijo, sumergido en el agua; el Espíritu Santo, que desciende en forma de paloma; y el Padre, que proclama: “Este es mi Hijo amado”.

El Hijo de Dios, sin pecado, entra en las aguas del pecado humano. Jesús no necesita purificarse, pero lo hace por nosotros, asumiendo plenamente la condición humana. Al descender en el Jordán, entra simbólicamente en la historia herida del hombre, cargada de pecado, de sufrimiento y de distancia de Dios.

En el Bautismo, Jesús sale de los treinta años de vida oculta en Nazaret, para iniciar tres años de intensa vida pública, en los que cumple con total disponibilidad la voluntad de Dios.

Jesús, al tocar el agua, la santifica, preparando así el Bautismo cristiano; de este modo, el agua se convierte también en signo de purificación interior.

Jesús no recibe el Espíritu para sí mismo, sino para comunicárnoslo.  De esta manera, cuando nos bautizamos, la vida de Cristo entra realmente en nuestra historia personal y Dios nos dice a cada uno: “Tú eres mi hijo amado”.

El Bautismo es, entonces, el punto de partida de nuestra vida cristiana, pues somos enviados a continuar la misión de Jesús, haciéndolo presente a través de nuestra propia vida.

Departamento de Familia